El legado de Al Andalus

El legado de Al Andalus

Hace mucho, mucho tiempo que la raza de los viajeros se extinguió. Hoy, que nadie se engañe, ya no es posible ser otra cosa que turista. Lo que nos queda es la posibilidad de sólo estar en otros lugares ajenos al nuestro en lugar de vivirlos en simbiosis con nuestros pulsos como hacían los viajeros de antaño. Los visitados suelen saber tanto de los visitantes como éstos de aquellos y ya no queda nada que merezca ser mencionado a la vuelta sin que otros miles no lo hayan hecho antes. La distinción hoy podríamos establecerla entre el turismo industrial y el turismo artesanal. Entre quienes visitan los lugares sin más información que la que les proporcionan las guías estándar y quienes se lanzan a aventuras del conocimiento buceando en literaturas específicas que ahondan lo más posible en su cuerpo y en su espíritu. Para estos últimos que vayan a viajar al Maghreb puede resultar de suma excitación intelectual el libro recién aparecido de Virginia Luque sobre la herencia andalusí y morisca en el Maghreb, subtítulo precisamente de El legado de Al Andalus, publicado por Almuzara y aún calentito. Bueno, en realidad puede ser excitante no sólo para quien esté pensando bajarse al moro —porque el libro no es un texto de viajes estrictamente, sino un ensayo perfectamente documentado— sino sobre todo para cualquiera que tenga un mínimo interés en el conocimiento de nuestro pasado y nuestro presente y en cómo ambos andan estrechamente entrelazados, no sólo aquí, en las tierras donde dejó su huella un Al Andalus perdido hace siglos, sino sobre todo en otras tierras muy cercanas donde sí que permanece perfectamente vivo.

Luque peina concienzudamente la idiosincrasia y la cultura, tanto la material como la intelectual y la espiritual, de nuestros vecinos del sur para buscar las huellas que de aquel mundo perdido —aunque no del todo— en nuestros lares, perviven en ellos como receptores que fueron de todo aquel legado que la España de la Unificación en la Catolicidad expulsó violentamente de su seno.

Viajar por el Maghreb de la mano de Virginia, sirviéndose de su libro como guía por Marruecos, Argelia y Túnez, persiguiendo los olores de los perfumes, los sabores de los platos que un día fueron nuestros, las formas arquitectónicas hermanas de la Alhambra o la Aljafería o de los pueblos de las serranías malagueñas, las músicas que un día llenaron los salones de los palacios, las primorosas explotaciones agrícolas cuyas cicatrices aún perduran en Valencia o las Alpujarras, las artesanías… y sobre todo el paisaje humano de los andalusíes perfectamente vivo y distinguible en el corazón de las ciudades, colectiva e individualmente, con nombres y apellidos, puede ser una experiencia inolvidable.

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